Action - 15 de enero de 2019

es - Testimonio de Acteal, 21 años después…

“…un clamor se ha oído en Acteal,
llanto y lamento grande : es la Iglesia de San Cristóbal
que llora a sus hijos y no se quiere consolar, pues ya no existen”

(Glosando Jer 31, 15 ; Mt 2, 18)

Testimonio, 21 años después…

Este 1° de enero se cumplen 25 años del levantamiento zapatista. Vuelvo a mis recuerdos, y me doy cuenta que la tragedia que viví hace 21 años, la masacre de 45 indígenas en Acteal, sigue siendo un genocidio olvidado por la justicia mexicana…

Retomo mi diario de ese año 1997, donde escribí :
“El día que habíamos salido hacia Pantheló, el 22 de diciembre, teníamos planes de parar en la región de Chenalhó para llevar ayuda (ropa y comida) a los desplazados de Acteal, pero a última hora se decidió otra cosa, y la Toyota que nos llevaba a Pantheló no paró en Acteal. 


Así pues, pasamos de largo, justo en el momento en que se perpetraba la emboscada y la masacre de muchos hermanos indígenas comprometidos en la Pastoral, y la mayoría mujeres y niños. Eran miembros del grupo “Las Abejas”, reconocido como “sociedad civil”, que tiene el mismo proyecto que el EZLN, pero que han decidido luchar por medios pacíficos.

Cuando nos enteramos de aquello, nos preguntamos si el haber parado a dejar la ayuda en ese momento hubiera podido evitar algo… o quizá nos hubieran victimado también a nosotros… pues pasamos a sólo unos metros del campo de batalla… 


En la tarde de ese mismo día, un joven me abordó en la plaza de Pantheló alarmado, preguntándome que de dónde era y que si sabía “que habían echado bala en Acteal” … más tarde, en casa, recibimos a varios agentes de Pastoral que vinieron a comentar los sucesos, asustados y consternados.

El 25 de diciembre salimos temprano a Acteal, junto con 2 familias que creían muertos a sus parientes. Llegamos antes de las 8 am. Varios hombres cavaban ya una gran fosa para enterrar a 45 difuntos caídos allí 3 días antes… junto con otros más, cuyos cuerpos no han aparecido. 


Todavía podían verse las chozas donde se habían refugiado varios días… poco más allá una “ermita” donde se encontraban orando en el momento de la masacre, y afuera unos fogones donde fueron atacadas las mujeres. La mañana fresca era más una promesa de Resurrección que un tierno anuncio navideño.

En el silencio o el diálogo discreto de los que iban llegando, presentábamos al Señor aquella realidad de muerte en la que El escogió encarnarse : precisamente entre los que no pueden defenderse. 


Ayudamos a construir un pequeño arco de palmas como adorno del altar. Un catequista traía flores frescas y las mujeres se instalaban para preparar el pozol, que me supo tan amargo como la situación que presenciábamos. De pronto bajó desde la carretera Don Samuel Ruiz, acompañado de varios sacerdotes y religiosas, catequistas, muchos indígenas que eran familiares de los asesinados. Todos acosados por la prensa… Los sollozos no se hicieron esperan aún ante el amarillismo de las cámaras. Se bajaron los 45 féretros, cuya aparición Don Samuel gestionó (los agentes habían “desaparecido” los cadáveres), chiquitos y grandes… y fuimos colocando una vela encendida delante de cada uno de ellos. Y aquel lugar desolado del bosque, de pronto se vio inundado de miles de gentes venidas de la región, y hasta del país y del extranjero. Todos acompañábamos el luto de tantas familias tzotziles y de la misma diócesis. 


La misa comenzó. Don Samuel pidió a los ancianos que se acercaran para ayudar con sus ruegos y oraciones a los familiares a realizar su duelo con llantos y súplicas. Durante la homilía pidió la participación de los fieles a redoblar la esperanza, en una actitud de perdón y de oración por sus perseguidores. El pueblo cantó y celebró la Presencia consoladora de nuestro Dios a pesar del dolor, con instrumentos y sones del lugar.

Al final, obispo y sacerdotes abrazaron con ternura a cada uno de los familiares de los difuntos, dándoles el pésame e invitándoles a perseverar en la decisión evangélica de amar a sus enemigos. 


Luego empezó el difícil momento de reconocer los cuerpos, que es muy importante para el pueblo indígena : metían ropa limpia y pertenencias en el féretro. Este proceso resultaba crítico debido al estado de los cuerpos y el hedor que todos percibíamos incluso a distancia. Pero los familiares querían ofrecer a sus muertos este último homenaje, pidiendo que quedaran enterrados por familias.

Todo esto nos llevó hasta las 3 pm… una muy larga mañana de oración en la que nos hacíamos eco del mensaje de Don Samuel : “la dicha más grande que el mundo ha conocido, el nacimiento en nuestra carne del Verbo de Dios, aconteció en el marco doloroso del mayor sufrimiento. La luz verdadera irrumpe en medio de la más densa tiniebla. La navidad de este año es para el pueblo cristiano de nuestra diócesis, de nuestro estado y del país entero, una Navidad luctuosa…”

De regreso en Pantheló celebramos las Eucaristías en ese tono de luto y continuamos las actividades, en medio de un clima tenso y un refuerzo de la presencia militar. Flotaba un ambiente de desconcierto, cautela y miedo. Todos temían que la violencia fuera a generalizarse. 


El lunes 29, después de pedir por teléfono y por fax la presencia de la Comisión de Derechos Humanos de la Diócesis, logramos que vinieran a tomar declaraciones y a escuchar a varios indígenas asustados y preocupados por familiares desaparecidos y por sus pertenencias.


El día 30 regresamos a San Cristóbal de las Casas. Ese día nos enteramos que los heridos (en su mayoría niños), se estaban recuperando pero que el número de desplazados-refugiados iba en aumento y que la ayuda humanitaria en los refugios era urgente.

Doy gracias a Dios por permitirme vivir una Navidad así, como los Magos que –viniendo de lejos-, siguieron una estrella diferente, hasta encontrar al Dios verdadero hecho insignificante, encarnado en lo inesperadamente frágil, despreciable, cuestionable !!, sin darse cuenta de la amenaza que el “poder”, representaba para este Niño y todos los de la región… siendo –quizá-, testigo de tantos inocentes cuya sangre fecunda este suelo tan codiciado.

Como ellos, he pedido una y otra vez la gracia de “volver a mi tierra por otro camino…”, por el camino de mayor compromiso, de más testimonio de lo que “he visto y oído”, colaborando en la transformación de las mentalidades a través de la educación… para una sociedad más justa, humana y solidaria ».

Si, han pasado 21 años, y al releer este texto, me doy cuenta de que es para mi un memorial subversivo que me sigue indignando y movilizando por dentro. Indignación y esperanza han crecido a lo largo de años y kilómetros recorridos. Que el Señor me dé la gracia de seguirlos traduciendo en compromiso, y que las 10 demandas del EZLN sean poco a poco una realidad para todos.

Hermana Ana Sentíes r.a.