Témoignages - 6 de febrero de 2018

es - Yo sobreviví a las redes de esclavitud en Libia


Cientos de jóvenes africanos viven refugiados en la provincia de Almería tras sufrir violaciones y maltratos de las redes esclavistas que operan en la ruta libia.


La noche irrumpe inexorable sobre La Gangosa (Vícar). Samake camina con pasos torpes y renqueantes hacia la puerta y recibe a sus visitantes inundada por un ataque de timidez, con gestos (casi) infantiles a pesar de su figura imponente de 180 centímetros de altura.


La cocina desprende un fuerte olor a comida, un recuerdo involuntario del mal momento de la entrevista. Las especias y los borboteos a media cocción ahondan la sensación de una intromisión en el hogar ajeno, a pesar de los esfuerzos de la anfitriona por que el periodista y el traductor se sientan cómodos. Coloca dos vasos de zumo de naranja y se sienta en el sofá entre ambos. Entonces enciende el televisor y marca los números de un canal de contenidos ligeros de la TDT. “Estoy intentando aprender español”, explica la joven sin cruzar su mirada con los ojos de los invitados.


Samake nació en 1984 en Bamako (Mali), a pocos kilómetros del lugar donde cientos de legionarios de Viator y Ronda luchan contra el avance yihadista en el Sahel. Vivía de la venta ambulante en condiciones muy duras desde muy niña. “Me obligaron a casarme con un hombre mayor y tuve cuatro hijos”, anuncia.


En el año 2016 rompió sus cadenas y se lanzó a la aventura de una travesía de miles de kilómetros por el Sáhara y el Mediterráneo. Entonces no sabía que se toparía frontalmente con otros tipos de esclavitud en su camino hacia Europa.


“Decidí viajar hacia Libia porque la ruta de Marruecos era menos segura. Mi hermana había salida antes y me encontré con ella en Níger”, relata Samake. “De Naimey a Agadez (capital de Níger) viajamos en un vehículo 4x4 largo donde íbamos 40 personas, unos encima de otros y algunos agarrados a las barras fuera del coche. Dormíamos en el desierto, a veces sin comida ni agua, y entonces llegamos a Libia”.


Samake estaba ya en manos de mafias de traficantes de personas, esclavistas, yihadistas, rebeldes e incluso policías y militares de un estado en plena desintegración. Todos ellos asesinos.


Desplazados


Según informes de ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados), 134.000 malienses viven desplazados en Burkina Faso, Níger y Mauritania. Muchos otros han emigrado hacia el norte de África para buscar una salida hacia Europea.


ACNUR calcula 630.000 desplazados en el interior de Libia en un informe de 2016. “Solo Dios sabe quién te atrapa por el camino, es imposible saber si son yihadistas, policías o militares; nos vendían de un grupo a otro constantemente”, explica Balla Diallo.


El joven nació hace 31 años en Divo, una localidad ubicada al sur de Costa de Marfil. Desde el pasado de junio reside en Cortijos de Marín (Roquetas de Mar) tutelado por el personal de las ONGs Almería Acoge y la Fundación Cepaim.


También sufrió las redes de esclavitud en Libia. “Todo el camino del Sáhara está tomado por los touregs en Mali, por eso me dirigía hacia Libia. Es un camino de miseria. En Libia nos cobraron y luego nos abandonaron sin agua ni comida en el desierto. La gente tenía que beberse su propia orina para sobrevivir”, añade Balla Diallo.


El joven marfileño recuerda el impacto de la visión de Sabha, localidad de unos 100.000 habitantes en el corazón de Libia. “El número de negros en Sabha era incalculable. Nos daban una barra de pan al día para diez personas. Todos los días teníamos que sacar a los muertos”.


De hambre y de violación de derechos humanos sabe mucho Samake. “El camino había sido muy duro, lleno de maltratos y golpes. Nos reunidos en un grupo que estaba secuestrado en el desierto. A las dos personas más débiles las mataron, las trocearon y de las dieron de comer al resto”, explica la joven con un gesto seco y frío. “Las violaciones a las mujeres son diarias. No hay mujer que no haya sufrido una violación por el camino. Te viola cada grupo. Violaron a una niña de cinco años de mi grupo. Y a una mujer la obligaron a ver cómo violaban a sus hijas de 9 y 11 años, tenía que mirar si no quería que la mataran”, lamenta Samake. “No hay diferencias entre niños y adultos. Los compran como esclavos para pedir dinero a las familias. Si no consiguen nada, los venden a otros traficantes, pasan de unos a otros”, añade Balla Diallo mientras sostiene una taza caliente en una cafetería cercana al Ayuntamiento de Roquetas de Mar.


Asilo político


Balla Diallo y Samake no se conocen. Uno es marfileño y otra maliense. Pero ambos comparten vivencias de un paseo por el infierno, una experiencia inhumana que ahora reviven desde la provincia de Almería que les acoge.


Los jóvenes son demandantes de asilo político, aunque la aprobación de sus permisos será una tarea complicada. “La Unión Europea mira para otro lado en Libia y cierra las puertas”, denuncia Juan Miralles, coordinador de Almería Acoge. “El asilo político es una figura recogida en el Derecho Internacional y es una obligación del país, sin embargo, si se cierran las puertas y se impide que se acerquen, tampoco pueden pedir la acogida que merecen”. 


Según datos del Ministerio de Justicia, solo la provincia de Almería recibió 450 solicitudes de asilo político en el trienio 2013-2015.


El conflicto armado en Ucrania e, incluso con mayor intensidad, el avance del yihadismo en el África Subsahariana genera el grueso de esas peticiones tramitadas (y no necesariamente aprobadas).


Almería, con una larga historia de emigración, es también tierra de oportunidades para muchos inmigrantes. Samake tuvo que sobrevivir a los campos esclavistas libios, cruzar el Mediterráneo y superar miles de kilómetros en carretera para encontrar un hogar en Almería. “En Italia me dijeron que aquí podía encontrar trabajo”, asegura, mientras descubre sus pies destrozados por heridas. Otras cicatrices no se ven, la muerte de dos hermanos en un camino.


Balla Diallo tuvo que pagar hasta tres veces por embarcar con un centenar de personas más en una raquítica lancha rumbo a Lampedusa (Italia). “No tenía miedo, estaba en manos de Dios”, afirma con firmeza. Luego ríe ante la pregunta sobre su destreza a nado. “No sé nadar”.


Balla Diallo y Samake no son los únicos. Decenas de miles de personas son vendidas como esclavos en Libia tras la intervención militar que acabó con Gadafi, pero que dejó un país roto y sin gobierno. “En Almería hay cientos de personas que han pasado por allí”, concluye Adama Sangare, activista de la Fundación Cepaim.


Testimonios recogidos por Javier Pajarón, periodista en Almería