Themes - 12 de junio de 2016

es - Hambre Cero


La lucha contra el hambre, es uno de los 17 Objetivos, de la Nueva Agenda para el Desarrollo Sostenible. Acabar con el Hambre y la inanición, lograr la seguridad alimentaria, mejorar la nutrición y promover una agricultura sostenible, es posible de aquí a 2030.


El mundo produce lo necesario para que siete millones de personas, que vivimos en todo el planeta, podamos alimentarnos. Sin embargo 795 millones de personas, sufren hambre crónica; el 10,77 % de la población.


¿ A qué se debe esto ?


La palabra hambre está prohibida en el lenguaje políticamente correcto, en la creencia de que evitando la palabra se oculta la realidad; una situación de pobreza que lleva a las familias a la penuria extrema de tener que depender de la caridad, por fallar la justicia. Por eso el compromiso solidario con los más necesitados debe tener trascendencia política y convertirse en una reivindicación permanente en una solidaridad activa y práctica, pues el Hambre no espera.


El Papa Francisco ha afirmado con énfasis que el género humano se encuentra hoy en un importante punto de inflexión de su historia. La posibilidad de progreso verdadero viene señalada por el hecho de que un creciente acceso a la educación en todos los niveles, una mejor asistencia sanitaria, una tecnología más avanzada y la rapidez de las comunicaciones han posibilitado un notable incremento del bienestar de numerosas personas en las últimas décadas. Al mismo tiempo mucha gente sigue viviendo en la absoluta miseria y que “la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día” (EG, n. 52).


La comunidad humana mundial se halla en una decisiva encrucijada: los avances económicos que somos capaces de lograr, ¿beneficiarán a todo el mundo o quedarán reservados para unos cuantos privilegiados? El diagnóstico de la situación que hace el Papa le lleva a un sombrío juicio sobre a dónde nos encaminamos. Concluye que, trágicamente, una parte considerable del género humano no participa del incremento de bienestar que posibilitan los desarrollos sociales y económicos contemporáneos.


El Papa Francisco utiliza un lenguaje contundente para describir la profunda división entre ricos y pobres: “Así como el mandamiento de ‘no matar’ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no’ a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata” (EG, n. 53). “La inequidad es la raíz de los males sociales”, incluidas la pobreza y la exclusión. Afrontar estos males requerirá renunciar a “la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera” y superar “las causas estructurales de la inequidad” (EG, n. 202). Además, “la alianza entre la economía y la tecnología termina dejando fuera lo que no forma parte de sus intereses inmediatos” (LS, n. 54).


El Papa considera que es posible y necesario mejorar las condiciones a las que hacen frente millones y millones de personas extremadamente pobres en nuestro mundo, que las marcadas desigualdades existentes en la actualidad son injustas y no tienen por qué seguir existiendo. Algo profundamente equivocado tiene que haber en las relaciones económicas mundiales cuando son tantas las personas que no se benefician de los nuevos desarrollos positivos.


Signos de esperanza


En las últimas décadas ha tenido lugar un considerable crecimiento económico, incrementándose la producción total de bienes y servicios por parte de numerosas comunidades a lo largo y ancho del planeta. Este crecimiento no se ha experimentado solo en el mundo desarrollado, de él han participado asimismo algunos de los países más pobres, las naciones en vías de desarrollo han registrado mayores tasas de crecimiento que las industrializadas, lo ha contribuido a reducir el número de personas que en el mundo viven en condiciones de extrema pobreza. Se ha cumplido el Objetivo de Desarrollo del Milenio de reducir a la mitad el porcentaje de la población mundial que vivía en la pobreza cinco años antes de 2015 y la tasa de pobreza extrema ha disminuido del 44% en 1981 al 12,7% en 2012. Pero, el número de personas que viven en condiciones de pobreza extrema en el mundo entero sigue siendo inaceptablemente alto.


A pesar de este rápido crecimiento en algunos países, otras naciones se han estancado o incluso retrocedido y otras más que previamente habían experimentado un crecimiento, han vuelto a retroceder.


Por desgracia, en el África subsahariana el número de personas extremadamente pobres en 2010 (414 millones) era el doble que en 1981 (205 millones). El reto sigue siendo enorme. Lo que alienta también la esperanza, es la tasa mundial de mortalidad de niños menores de cinco años que ha disminuido en más de la mitad entre 1990 y 2015, excepto para el África subsahariana y los países oceánicos en vías de desarrollo. En conjunto, esta tasa mundial ha descendido en las dos últimas décadas a mayor velocidad que en ningún otro periodo anterior. No obstante, el progreso no ha sido suficiente en el África subsahariana, Oceanía, el Cáucaso y el Asia central y meridional y nuestra responsabilidad sigue siendo grande.


A pesar del reciente descenso del número de personas en pobreza extrema, ella sigue siendo una realidad para 795 millones Quienes viven en condiciones de pobreza extrema carecen de alimentación adecuada, vivienda, educación y asistencia sanitaria.


La inmensa mayoría de quienes pasan hambre vive en países en vías de desarrollo, en los que el 12,9% de la población está infra alimentada. Y , personas que están ligeramente por encima de la línea de pobreza y, por tanto, ya no son pobres según estos criterios pueden resultar ahora incluso más vulnerables, porque ya no se les atiende en el marco de las políticas gubernamentales contra la pobreza. Un ligero descenso de ingresos o un gasto por motivos de salud pueden devolverlas fácilmente a la pobreza.


En consecuencia, la pobreza representa hoy una amenaza al valor fundamental de un gran número de personas. La extrema privación asociada a ingresos tan bajos y la desposesión y deshumanización que ello conlleva constituyen una grave afrenta para la dignidad de estas personas. 


El compromiso de aliviar el sufrimiento de los pobres ocupaba un lugar central en el ministerio de Jesús. El Evangelio de Lucas nos dice que al comienzo mismo de su ministerio, Jesús proclamó que su misión consistía en “dar la buena noticia a los pobres…, anunciar la libertad a los cautivos…, poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4, 18). Puesto que la justicia que Dios quiere para Israel exige justicia para los pobres y puesto que el Evangelio proclamado por Jesús es una buena nueva especialmente para los pobres, los creyentes fieles tienen, por consiguiente, deberes especiales para con los pobres.


El escándalo del alcance y la profundidad de la pobreza contemporánea plantea, pues, un arduo reto tanto a la Iglesia como al conjunto de la sociedad. En palabras del Papa Francisco, “cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad” (EG, n. 187).


Todos los hombres y mujeres tienen un origen común y un destino común, todos están vinculados por su interdependencia en la única Tierra. Las desigualdades que generan profundas divisiones en la comunidad humana, empobreciendo hasta el extremo a millones de personas, contrarían el plan de Dios para el género humano y el sentido mismo de nuestra común humanidad. En consecuencia, la comunidad cristiana está llamada a trabajar enérgicamente para superar las desigualdades que representan una herida para nuestros países y nuestro mundo.


El llamamiento de Cristo a sus seguidores para que sean constructores de paz se halla, estrechamente asociado con la llamada a promover la justicia. La paz y la justicia se entrelazan en las luchas por hacer el mundo más humano y más parecido a como Dios lo quiere.


Que haya casi 800 millones de personas viviendo en la pobreza extrema, que tantos niños pasen hambre y que muchos carezcan de educación y asistencia sanitaria indica que la injusticia es una lamentable realidad en el mundo actual . Trabajar por la construcción del bien común y por la creación de instituciones y políticas que lo sustenten es un elemento central de la vocación de todos los cristianos.


La búsqueda del bien común global en un mundo cada vez más interdependiente pide, pues, respuestas a través de redes de muchos tipos diferentes de grupos. Vivimos en un mundo en el que cada vez es mayor el número de redes. Las respuestas a la pobreza, la desigualdad y la degradación medioambiental tendrán mayores probabilidades de ser eficaces si son respuestas de muchos grupos que trabajan conjuntamente en actividades que ninguno de estos grupos podría acometer por separado.


Nuestra espiritualidad debería comenzar por un compromiso en favor de la solidaridad con los pobres. Como a menudo afirma este Papa, tenemos que hacernos amigos de los marginados, los olvidados y los indigentes si queremos llegar alguna vez a entenderlos y ayudarles y, sobre todo, si queremos comprender por qué Dios siente de hecho un afecto especial por quienes la sociedad descarta como menos importantes o por completo insignificantes.


Vivir con sencillez, disfrutar de las relaciones humanas y la amistad, fomentar la vida familiar y la cohesión social, convertirnos en ciudadanos más activos en nuestras comunidades y sociedades: todo ello es característico de los frutos de esa nueva espiritualidad.


Si todos trabajamos juntos, decía Helen Clark, tenemos la oportunidad de cumplir las aspiraciones de los ciudadanos de paz, prosperidad y bienestar y de preservar nuestro planeta. Es el reto que nos queda y que conscientemente las naciones se han marcado como posible en los Objetivos de Desarrollo Sostenible.


                                        Mª Belén Miguel


Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 2013. LS Papa Francisco,


Promotio justitiae. Por una economía global justa Enero 2016 SJES. Secretariado para la Justicia Social y la Ecología