Formation - 4 de febrero de 2018

es - Fronteras y muros, frente a las personas. Autopistas para el capital


Es la madrugada del 15 de enero de 2018. Fátima lleva desde las dos haciendo cola ante la frontera de Ceuta. Junto a ella hay varios cientos más de mujeres cargadas con enormes fardos de mercancías. Sólo tendrán dos horas para pasar de Marruecos a Ceuta por Tarajal II.


Están nerviosas, cansadas, algunas llevan hasta 90 kilos encima. De la comisión que saquen hoy depende la comida de sus hijos. El nerviosismo crece. Parece que van a abrir antes la frontera, o cerrar del todo, como hace unas semanas, hay que pasar cuanto antes, gritos, empujones, algún palo por parte de la policía de uno u otro lado, “guarden las filas”, avalancha, desastre… hay dos mujeres muertas, aplastadas por el peso de los fardos, del hambre, de la injusticia, de la desesperación, del negocio que fabrica unos mil millones de euros al año en Ceuta y Melilla con este intercambio a-legal. Hay dos nuevas mujeres aplastadas por la frontera.


Unos cientos de metros más abajo Mamadou ha intentado saltar la frontera junto a un centenar de compañeros, son de Mali, de Senegal, de Guinea Conakri, de costa de Marfil. Llevan meses escondidos en el bosque, la alimentación ha sido escasa pero compartida, necesitan sacar fuerzas de flaqueza para encaramarse a la valla, para sortear las criminales concertinas que cercenan la carne que tocan, que se calvan como cuchillas y rasgan como anzuelos; la policía ha estado al quite, hoy no podrán pasar y se vuelven lamiendo, una vez más, sus heridas, llevando una vez más sus pesados fardos de frustración, de injusticia, de huida de su mundo en guerra, de su mundo en hambre, de su mundo expoliado por todas las banderas que arropan a quienes no les permiten poder vivir y morir junto a los suyos. Hoy ha ganado la frontera.


“Frontera” o frontero significa aquello que esta puesto “frente a”, “enfrentado”; habla de límites, de aquellos límites que históricamente hemos puesto a nuestros territorios, a nuestras naciones, a nuestras posesiones… de los límites que ponemos frente a “los otros”, los extranjeros, (del latín extraneus, sin olvidar esa raíz “extra” “fuera de”). Son los otros, los extraños a nosotros, los que quedan fuera de nuestra gente, los que quedan fuera, enfrente de nuestros intereses, enfrente de nuestra casa, quienes intentan pasar la frontera. Aquellos herederos de la confusión de Babel, cuando la unidad y el reconocimiento mutuo habría sido capaz de edificar “una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos” (recordemos Génesis 11,1-9)


Son futuros inmigrantes indocumentados o futuros demandantes de asilo si llegan hasta nuestras costas, futuros muertos sepultados en la fosa común del mediterráneo si naufraga su patera, o simplemente presentes empobrecidos que permanecerán años o vidas hastiadas al otro lado de las concertinas y la vigilancia policial, quizá contemplando cómo jugamos al golf al otro lado de la frontera de Melilla, seguro viendo el pregón de nuestro supuesto bienestar en televisión o internet.


Podemos encontrar muchas y buenas justificaciones de las fronteras, motivos históricos, de seguridad, de identidad cultural, religiosa, de razonable organización nacional… pero ninguno es tan claro y tan cierto como el interés económico, el mantenimiento de ese sistema económico (y por tanto político, siempre a su servicio) que trabaja bien por asegurarse su permanencia y su rentabilidad. Un sistema capaz de globalizarlo todo menos los derechos humanos, de asegurar la libre circulación de capitales y de empresas, pero no de personas.


Para asegurar el sistema no sólo se refuerzan las fronteras exteriores. También se hace con las interiores, aquellas que guardan en compartimentos estancos (barrios, capas de población) la población sobrante, el “residuo humano”, los que han quedado al margen (marginados) los excluidos del sistema. Son otros “otros”.


Estas fronteras interiores del propio grupo social, crean vacíos de identidad que fácilmente se llenan por ortodoxias y las ortodoxias suelen ser radicales, extremas, absolutistas (y cuando se tiene el absoluto, la verdad… todo lo demás sobra) se refuerza una vez más otro “nosotros” frente a “los otros”. Lo estamos viendo con el auge de la extrema derecha, de la xenofobia y el racismo ganando elecciones y volviendo a participar en gobiernos de toda Europa. Pero no son más que el recurso a “las tripas” a los sentimientos para reforzar la pertenencia frente a los otros (en una Europa en la que el debate era la exigua práctica religiosa y la evidente minoría de quienes se confiesan creyentes, ahora nos intentan convencer de que “el otro”, la persona extranjera, inmigrante, refugiada, es una amenaza para nuestra identidad cristiana).


Pero desde una mirada más realista y sincera, Wendy Brown (Estados amurallados, soberanía en declive), presenta la multiplicación de muros y vallas fronterizas de los últimos años como señal de la debilidad de unos Estados nación en pérdida de soberanía. “Los Estados no dominan ni ordenan, sino que reaccionan a los movimientos y los imperativos del capital, así como a otros fenómenos globales, desde el cambio climático hasta las redes del terrorismo internacional.


La autonomía de lo político dejó de ser una ficción creíble”. Es el dinero una vez más quien manda. Recordemos cómo lo decía Shakespeare en El Rey Lear: “¿Qué hay aquí?,¿oro?, oro amarillo, brillante, precioso. Muchos suelen volver con esto lo blanco negro; lo feo, hermoso; lo falso, verdadero…. (acto IV, escena 3ª)


Da la impresión de que todo está por dar la razón a la frase popularizada por Thomas Hobbes “el hombre es un lobo para el hombre”.


Es la tentación del desánimo cuando no se ve una salida para esta situación (esta “vergüenza” que decía el Papa Francisco) de un mundo parapetado en su interés cerrando la puerta, dejando morir a miles de personas que huyen de la guerra, reforzando fronteras para que ni tan siquiera puedan solicitar asilo. Pero, como siempre, debe haber motivos para la esperanza, o, al menos, para la lucha: Hobbes popularizó sólo la mitad de la frase original de Plauto (en “Asinaria”): “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro” El conocimiento, el contacto, la cercanía (sólo posible si levantamos o al menos flexibilizamos las fronteras) es lo que hace que dejemos de convertir al hombre en lobo y lo descubramos como hombre, como persona (evidentemente tendremos que estar dispuestos a reconocerlo como igual) como sujeto de derechos.


Se trata de una opción, no sólo desde el corazón, sino también desde la razón, incluso desde la razón económica. Se trata del encuentro o la destrucción colectiva, de generar un nuevo espacio de relación o repetir el horror reiterado históricamente: las masacres de la conquista de América, el comercio de esclavos, las persecuciones a judíos, moriscos y gitanos en la católica España, el terror nazi o el asistir actualmente a la vergüenza de las fronteras de alambre, de agua, de piedra… que hacen del mediterráneo un cementerio y de los países que sólo nos sirven para producir materia prima o mano de obra barata, un vertedero para nuestros desechos tecnológicos.


Se trata de una opción, sí, todo está en nuestras manos, hay multitud de palabras y de prácticas que aseguran mejores resultados: gestión racional de las migraciones, interculturalidad, justicia, solidaridad, derechos humanos… yo sigo prefiriendo FRATERNIDAD.


En boca de Pico de la Mirandola (“De dignitate hóminis” 1.486) Dios dice a Adán: “no te hemos dado ni una forma ni un lugar particular en la naturaleza, sino ojos para verla y manos para transformarla a fin de que no dependa sino de ti que te abajes al nivel inferior de las bestias o elevarte al nivel de los seres divinos”.


Y eso, sin llegar siquiera a ese forastero que acogimos en Mateo 25.


Juan Miralles, director.


Asociación Almería Acoge.