Divers - 12 mars 2017

fr - Edito Mars 2017


En el corazón de África, la República Democrática del Congo padece, desde hace más de dos décadas, una guerra sorda, intermitente e interminable.
Se ha desgranado muchas veces su cronología desde ese otoño de 1996, cuando los rebeldes del general Laurent Kabila, sumados a los Ejércitos de Ruanda y Uganda y el apoyo estratégico de EEUU y Reino Unido, entraban por las provincias orientales del Norte y Sur de Kivu.
Se han analizado sus causas, entre las que se encuentra su escandalosa riqueza en minerales estratégicos. El coltán y el cobalto son sólo los más conocidos de una lista casi interminable.
Se han narrado sus consecuencias llenas del horror de poblaciones desplazadas y despojadas, de masacres y de violaciones.
Se trata de un conflicto complejo con raíces locales, nacionales e internacionales. 
Los frágiles avances democráticos de la RDC realizados desde 2006 y, por encima de todo esto, la dignidad, la libertad, la vida de su población sigue amenazada. Cada vez más. Los últimos acontecimientos : retraso de la convocatoria de elecciones, violencia en Kasaï y ataques a la Iglesia en Kinshasa son indicadores de esta situación.
La Iglesia a través de la CENCO (Conferencia Episcopal Nacional del Congo) ejerce un papel humanizador, pacificador, mediador. Eso la convierte en objetivo de quienes encuentran que el conflicto sirve a sus intereses más que la paz.
Las congregaciones de la Asunción y, en particular las Oblatas de la Asunción y los Religiosos de la Asunción, con presencia en el este del país, acompañan a su pueblo en este via crucis. Los tres sacerdotes asuncionistas secuestrados el 19 de octubre de 2012 ( y de los cuales seguimos ignorando la suerte a día de hoy) y el reciente asesinato del P. Vincent Machozi el 20 de marzo de 2016 son prueba, entre tantas otras, de esta violencia que se vuelve de preferencia contra quienes alzan la voz por la justicia y la paz.


Pilar Trillo
Hermanitas de la Asunción
Secretariado Internacional JPIC