Liturgie - 4 de diciembre de 2016

es - Celebración de la Luz – la Corona de Adviento


Origen


La corona de adviento encuentra sus raíces en las costumbres precristianas de los pueblos del norte, entre los siglos IV y VI. Durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida de la primavera.


En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes comenzaron a utilizar este símbolo durante el Adviento: aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la Verdad suprema: Jesús es la Luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. En este tiempo de invierno en que la luz decrece, las velas anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo, luz del mundo. Esa costumbre se ha convertido en un símbolo del Adviento en los hogares cristianos.


La Corona de Adviento, cuyas cuatro luces se encienden progresivamente, domingo tras domingo hasta la solemnidad de Navidad, es memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo y símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de justicia (cfr. Mal 3,20; Lc 1,78).


El tiempo de Adviento marca el principio de un nuevo año litúrgico.


La corona de Adviento está formada por 4 velas que se colocan alrededor del follaje verde, que nos recuerda la eternidad de Dios. Estas 4 velas significan la luz que disipan las tinieblas del pecado. Tres son de color morado y hablan del deseo de conversión. Otra es de color rosa que habla de la alegría vivida con María, por la inminente llegada de Jesús.


Cada semana de este Adviento vamos a enfatizar un valor:


Primera semana: pedimos Justicia


Encendemos la vela morada como signo de la vigilancia en espera de la venida del Señor.


Canto: “Esperando Señor tu venida” Salmo (del salmo 117):


Dad gracias al Señor porque es bueno,


porque es eterna su misericordia.


En el peligro grité al Señor,


y me escuchó, poniéndome a salvo.


El Señor está conmigo: no temo;


¿qué podrá hacerme el hombre?


El Señor está conmigo y me auxilia,


veré la derrota de mis adversarios.


Mejor es refugiarse en el Señor


que fiarse de los hombres,


mejor es refugiarse en el Señor


que confiar en los magnates.


Empujaban y empujaban para derribarme,


pero el Señor me ayudó;


el Señor es mi fuerza y mi energía,


él es mi salvación. Tú eres mi Dios,


te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo.


Evangelio: Lucas 4,17-19


Reflexión: ¿Cuáles son las buenas noticias que anunciamos a los pobres? ¿Quiénes son los cautivos necesitados de liberación? ¿Cuál es mi compromiso para anunciar el año de gracia?


Intercesión espontánea por todos aquellos que claman justicia.


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