News - 10 de julio de 2015

es - El paso de la crisis por las familias españolas

Los hogares españoles se han visto afectados en los últimos años por importantes cambios: envejecimiento, inmigración y modificaciones en su estructura. De estos últimos son los más significativos la disminución del tamaño medio de los hogares que ha pasado de 3,7 en 1980 a 2,53 en 2013 y el aumento de familias monoparentales (de 0,5% al 10% en el mismo periodo).

Estas características de los hogares españoles no son neutrales a la hora de establecer cómo la crisis ha afectado a los niveles de ingreso y a su distribución. Tampoco lo es el comportamiento de la solidaridad familiar durante este periodo.

El umbral de pobreza se define como el 60% de la mediana de los ingresos. Quienes se sitúan por debajo constituyen la población que se define como pobre. Si la renta no llega al30% de la mediana de ingresos hablamos de pobreza severa. Se trata pues de un indicador relativo, es decir, que tiene en cuenta el nivel de ingresos de la sociedad de la que pretende medir la pobreza. El aumento de estos dos indicadores (pobreza y pobreza severa) muestran el doble proceso de empobrecimiento sufrido por la sociedad española: caída de renta y aumento de la desigualdad en su reparto.

La Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) muestra un incremento de la pobreza severa de 3,8% (2004) a 7% (2012). Esta misma fuente señala como en sólo dos años (de 2008 a 2010) la pobreza aumentó un 2% situándose en el 22,2%. Estos datos resultarían aún más abultados si no se tratase de indicadores relativos. Es decir, si descontásemos el efecto del descenso generalizado de los ingresos en el entorno de referencia.

Hay dos grupos que se ven particularmente afectados por incremento de la pobreza: los jóvenes, sin que el nivel de estudios garantice la inclusión laboral y social, y los niños, por la difícil situación de las parejas con hijos. Uno de cada cuatro menores está en situación de pobreza. Y la pobreza severa afecta al 10% de los niños.

Otro aspecto significativo es que la pobreza alcanza a los hogares cuyo sustentador principal pasa a situación de desempleo, pero también tiene causa en la extensión de los trabajos con bajos salarios. El trabajo no es garantía inequívoca de ingresos suficientes. El 14 % de los empleados están en pobreza moderada y cerca del 5% en pobreza severa, lo que confirma la insuficiencia de los salarios para atender las necesidades familiares.

Por el contrario, mejora la posición de los hogares donde los ingresos provienen de un pensionista. Al disminuir las rentas del conjunto, las suyas mejoran relativamente. Las pensiones han sido, en muchas familias, el único ingreso (o, al menos, el único de carácter regular) durante este periodo de crisis.

Relevante es también la movilidad de ingresos durante la crisis. Es decir, cómo los ingresos de individuos y familias se han modificado durante este tiempo. Antes de la crisis los movimientos de los individuos hacia ingresos superiores eran más frecuentes que las de sentido opuesto.

Con la crisis, son más frecuentes las transiciones descendentes. Son más numerosos los individuos que empeoran su situación y, entre estos, quienes entran claramente en un proceso de empobrecimiento.

Frente a quienes pensaban que la crisis actual por tener su origen en especulaciones financieras afectaría especialmente a las rentas altas, los datos disponibles nos permiten constatar que los perceptores de rentas altas son quienes menos probabilidades tienen de ver descender sus ingresos.

Familia y redes primarias (vecinos y amigos) son instrumento de solidaridad intergeneracional. La familia es, con diferencia, la institución más valorada por los españoles. Es comunidad de sentido y ha sostenido el envite de la crisis.
La familia en España juega un importante papel en la provisión de bienestar y en el asentamiento de la inclusión social. Este papel lo ha seguido jugando durante este periodo, si bien matizado por los cambios sociales: procesos de individualización, nuevas formas de familia y extensión de las dificultades en el marco de la crisis. Todo esto y la dureza y duración de la crisis ha debilitado este apoyo familiar.

A pesar de ello, más del 75% de los hogares (2013) cuenta con ayuda en momentos de necesidad. La cobertura y solidaridad informal es muy activa, aunque con una cierta tendencia a la baja. En este 75 % se incluye: la ayuda mutua (hogares que dan y reciben ayuda) 52,6%; los hogares benefactores (dan ayuda pero no la reciben) 8,3% y los receptores de ayuda 17,8%.

Solo el 21,3% de los hogares ni da ni recibe ayuda. Este porcentaje recoge dos grupos bien diferenciados: aquellos hogares que no la necesitan y aquellos otros que no disponen de redes de apoyo.

La relación de interdependencia: el grupo de familias que da y recibe ayuda es el que más ha crecido. Esta se produce especialmente en hogares socialmente integrados. También estos aumentan su rol de benefactores.

En el caso de las familias enpobrecidas, familia y redes primarias (vecinos y amigos) son muy importantes en el ámbito de sociabilidad para las personas pobres.
A pesar de esto, uno de cada tres hogares en exclusión severa, no puede recurrir a ayuda externa. Para ellos los únicos recursos son los públicos.

El aumento del número de hogares con todos sus miembros en paro y la exclusiva dependencia de los ingresos de las pensiones en los hogares llevan al riesgo de que la institución familiar presente síntomas de extenuación.

A pesar del innegable apoyo que a la inclusión social y el sostenimiento de situaciones difíciles proporcionan las familias, en especial, en el entorno mediterráneo, El Estado no puede abdicar de su contribución. La provisión de servicios públicos es, en todos casos necesaria, y en algunos (hogares que no disponen de redes de apoyo) el único posible.

Maria del Pilar Trillo ha

Los datos que figuran es este escrito proceden del VII Informe sobre desarrollo y exclusión social en España (2014) de la Fundación FOESSA (Fomento de estudios sociales y de sociología aplicada)