Divers - 16 de marzo de 2015

es - Mujer y Ecología: lo que el Antropocentrismo olvidó.

  • La Ecología
El primero que formuló el término ecología fue Ernst Haeckel (1834-1919). Según su comprensión, ecología significa el estudio de la inter-retro-relación de todos los sistemas vivos y no vivos entre sí y con su medio. La ecología es, por tanto, “un saber de las interrelaciones, las interconexiones, las interdependencias y los intercambios de todo con todo, en todos los puntos y en todos los momentos1”. En el hebreo antiguo no hay ninguna palabra que corresponda al término nuestro de naturaleza, ya que para ellos no existían dos mundos separados: el mundo de la naturaleza y el mundo de los seres humanos. Por esta razón, la fuerza de la teología veterotestamentaria está puesta en un Dios, Señor de toda la creación. Al respecto es importante recordar que la palabra hebrea masculina ’adâm se deriva del sustantivo femenino ’adâmah, que significa tierra; ello es muy importante para la mentalidad judía, pues indica los lazos de estrecha armonía y relación existentes entre el hombre y el cosmos, pues los dos tienen un único origen, y dependen el uno del otro. Esto nos lleva a pensar que los hebreos tenían una visión del mundo profundamente integral en la que tanto los seres humanos -como las demás criaturas están en una estrecha unión y dependencia de Dios. Además, es perfectamente observable un fuerte sentido de interdependencia de todas las criaturas y una imagen del mundo como una sola comunidad cósmica, más que como una serie de entidades autónomas.
  • Algunas tradiciones e interpretaciones antropocéntricas 
En Occidente, por el contrario, y como consecuencia de nuestro pensamiento antropocéntrico, se ha visto a Jesús como el que vivió en Galilea hace dos mil años pero cuyas obras y mensajes sólo tienen que ver con los seres humanos. Este pensamiento ha estado tan arraigado, que incluso se llegó a interpretar algunas obras de Jesús como la confirmación de que el cristiano debe considerar la naturaleza como una esfera totalmente profana. Así interpretó san Agustín los pasajes del Evangelio que hablan sobre la higuera estéril y los cerdos de Gerasa, por ejemplo.
El sesgo androcéntrico 
Desde el pensamiento androcéntrico se han devaluado todas aquellas actividades y formas de percibir y sentir el mundo consideradas femeninas. La religión y la filosofía han presentado a “la mujer” como Naturaleza y sexualidad. Y el pensamiento occidental ha generalizado una percepción “arrogante” del mundo (Warren, 1996) en la que la Naturaleza es simple materia prima, inferior y existente para ser dominada y explotada por una razón despojada de sentimientos compasivos (Plumwood, 1992).
En diálogo con la llamada “ética del cuidado”, el ecofeminismo2 ha señalado que todas las tareas relacionadas con la subsistencia y el mantenimiento de la vida (empezando por las domésticas y las propias de pueblos ajenos al mercado) han sido injustamente devaluadas (Mellor, 1997) de acuerdo al estatus inferior otorgado a la Naturaleza. También la compasión y el amor por los animales no humanos han sido afectados por el estatus de género. Una cultura que ha mitificado al guerrero y al cazador, suele ver las actitudes de empatía con las criaturas sufrientes como sensiblería e infantilismo propio de mujeres. La Mujer ha sido naturalizada y la Naturaleza ha sido feminizada. 
 
  • Un cambio de paradigma que pasa por una conversión de nuestra mirada.
Según Leonardo Boff, la definición que más se ajusta a nuestras pretensiones de cambio sería: “El paradigma en cuanto manera organizada, sistemática y corriente de relacionarnos con nosotros mismos y con el resto que nos rodea. Se trata de patrones y modelos de apreciación, explicación y acción sobre la realidad circundante.” Una conversión a estos niveles no es una tarea exclusiva de los varones, sino también de las mujeres, un trabajo que se debe hacer en conjunto y desde el fondo de sus mismas raíces, trabajo que implica también superar grandes condicionamientos culturales.
Es necesario resaltar la incidencia que tiene este cambio de paradigma para la vivencia de una espiritualidad auténtica: una espiritualidad al estilo de san Francisco de Asís, quien vivió toda una comunión con la naturaleza sin temor a caer en ningún tipo de panteísmo, es decir, que no sea una espiritualidad desencarnada. En segundo lugar, es urgente hacer énfasis en que “la ecología no es una moda. Si no tomamos conciencia de que estamos echando a perder la casa de todos, las generaciones futuras tendrán que vivir a la intemperie3”.
  • No sólo la reflexión y la conversión del pensamiento
¿Qué papel juega una eco teología con el destino del hombre y con el destino del cosmos? ¿Tiene la fe cristiana una concepción propia de la recta relación entre los seres humanos y el resto de la creación? Creo que conceptualmente logramos tener cierto consenso que responde a estas preguntas. Lo que está en juego son las implicaciones concretas que debería tener el afirmar que también la mujer es creada a imagen y semejanza de Dios, que el bautismo confiere igual dignidad tanto al hombre como a la mujer; que tanto la conducta de Jesús como la de los apóstoles tuvo un condicionamiento cultural-histórico bastante marcado. 
 
Una reflexión teológica seria sobre estos temas nos lleva a encontrar argumentos antropológicos que fundamenten de una manera sólida dicha reflexión. Es evidente que no podemos seguir teniendo los mismos argumentos de los primeros siete concilios ecuménicos de la Iglesia, según los cuales la mujer era ontológicamente inferior al hombre por haber sido sacada de una costilla de aquél; “es como si se afirmara que el varón tiene el valor del original y la mujer el valor de una pobre y desteñida fotocopia”4. ¿Cómo, entonces, adquirir una nueva mirada tanto del ser humano hombre y mujer como de toda la naturaleza? ¿Cómo crear esa nueva cultura de solidaridad tanto con la mujer como con la naturaleza? Si se toma en cuenta que “el ser humano y el cosmos no sólo tienen el mismo origen, sino que están orientados hacia un destino idéntico, ninguna realidad de nuestro mundo está destinada a la muerte5”. Es la integración de la categoría ecológica dentro de la reflexión teológica, como un discurso diferente, o si se quiere, complementario de lo que se ha conocido tradicionalmente como teología de la creación.
 
Se trata de adquirir una nueva mirada, mirada que sólo será posible desde una manera diferente de pensar y de integrar toda la realidad. Es necesaria una trasformación interior que nos permita apreciar y valorar de forma integral la realidad del ser humano, hombre y mujer, y de ellos en su relación con el cosmos. Es claro que la vivencia de esta nueva espiritualidad afectará sustancialmente nuestra forma de relacionarnos con los demás seres. Es el reto que tenemos, complejo, ineludible y fascinante a la vez.
Las mujeres no somos las salvadoras del planeta ni las representantes privilegiadas de la Naturaleza, pero podemos contribuir a un cambio sociocultural hacia la igualdad que permita que las prácticas del cuidado, que históricamente fueron sólo femeninas, se universalicen, es decir, que sean también propias de los hombres, y se extiendan al mundo natural no humano.
 
                                                 María Eugenia Ramírez, ra

1.BOFF, Leonardo, Grito de la Tierra, Grito de los Pobres.

2.PULEO, Alicia H. Ecofeminismo: la perspectiva de género en la conciencia ecologista. Capítulo extraído del libro Claves del ecologismo social, editado por Libros en Acción-Ecologistas en Acción.

3.LÓPEZ, A., EDUARDO, Exigencias ecológicas y ética cristiana. Proyección, en Selecciones de Teología, No. 143, Vol. 36, 1997, pp. 263-268

4.María Isabel Gil, http://www.javeriana.edu.co/theologica/User

5. LÓPEZ, A., EDUARDO, Exigencias ecológicas…, p.236.

 

 

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