Témoignages - 17 de diciembre de 2014

es - El precio de un sueño

Nací en Veracruz, Méjico. Mi esposo, Edmundo, nació en Puebla. Fuimos a la universidad, estudiamos Química Industrial y no pudimos encontrar trabajo. En 1990 Edmundo y yo tomamos una decisión, que cambió para siempre nuestras vidas: dijimos " Decidido" y estas palabras marcaron el comienzo de nuestra aventura junt@s. Aquel mismo año, después de que nuestro primer intento de cruzar la frontera fuera un fracaso, llegamos a los Estados Unidos, como muchas otras personas, en búsqueda de oportunidades y una vida mejor para nuestra futura familia. East Harlem, NY, se convirtió en nuestras nueva casa. Una de las decisiones más difíciles fue dejar nuestras familias, tan queridas y unidas, sin saber cuando las volveríamos a ver. Tengo tres hermanos y Edmundo es el mayor de ocho herman@sNunca imaginamos cuán difícil sería nuestra vida: dejarlo todo atrás, adaptarnos a una nueva cultura, sin comprender inglés y encontrando un trabajo muy precario.
Poco después del nacimiento de mi primer hijo, me pusieron en contacto con las Hermanitas de la Asunción que se convirtió en la ‘familia’ que no había tenido. Comencé participando en sus programas: grupo de Madres. Me encontraba con otras personas en las mismas condiciones y me sentia en casa. A veces, me ofrecía como voluntaria para dar clases de Artes & Oficios y con Sor. Susanne, comencé a animar el grupo de madres. En 1996 fui empleada a tiempo parcial con las HA. Y actualmente continúo estando empleada como contratista independiente.
En 1998, Edmundo fue detenido por la policía de inmigración después de una redada en una empresa de ropa donde trabajaba. Recibir esta llamada telefónica fue una experiencia terrorífica y no contenía información en cuanto a dónde había sucedido. Afortunadamente regresó tarde a casa aquella noche, pero lamentablemente con una orden de deportación. Buscamos un abogado y comenzamos un proceso para detener esta deportación. Durante este largo y penoso proceso tuvimos un juicio y fuimos tratados como criminales. Con el apoyo de amigos y de la comunidad, inicialmente ganamos el caso y la residencia fue ofrecida a Edmundo, pero un mes después la decisión se tornó en acusación. Al año siguiente recibimos otra carta confirmando que Edmundo tenía otra orden de deportación debida a un error del abogado al responder a los procedimientos inmigratorios. La situación empeoró. Estábamos aterrorizados y pensando en marchar, porque entonces la Oficina de Inmigración tenía nuestra información. Decidimos no movernos, esperar y orar para que no vinieran a buscarnos. Hicimos planes para nuestros hijos, Emi de 8 años y Erik de 2 ½; en la nevera pusimos algunos números de teléfono y decidimos quién debería llamar si la Oficina de Inmigración viniera a buscarnos. También sabían cómo llamar a mi familia en Méjico. Emi aún recuerda haber estado en el juicio sentado en las rodillas del Padre Martin, sin saber lo que estaba pasando. Erik me dijo recientemente que tenía pesadillas nocturnas que nunca nos había mencionado.
La orden de la deportación de Edmundo todavía cuelga sobre nuestras cabezas – Nos amenaza en la oscuridad, aunque estamos determinados en mantener vivo nuestro sueño. 
Continuamos trabajando y viviendo en la comunidad del Barrio, East Harlem. Comenzamos a pagar impuestos en 1999 y también estamos pagando impuestos de 10 años atrás. Mando regularmente dinero para ayudar a nuestras familias, especialmente en casos de enfermedad. No hemos regresado a Méjico desde hace tiempo; anhelamos el día en que podremos visitarlos personalmente.
El año pasado tuve la oportunidad con el congresista Schumer, de NY de compartír nuestra historia, la historia de much@s. La única cosa que hicimos mal fue soñar en una vida mejor y si por esto teníamos que ser castigados, seríamos castigados de nuevo. Mis hijos al ver a las familias a su entorno encuentran a faltar a la nuestra y no pueden gozar del cariño y de los cuidados de sus abuelos, tí@s y prim@s. Fue muy triste el no poder despedir a nuestros abuel@s y muy difícil cuando falleció el padre de Edmundo y no le fue posible estar junto a su madre y herman@s. Mi padre sufrió varios episodios de salud que amenazaron su vida y cada vez que suena el teléfono, mi corazón late muy fuerte y rápidamente. Pienso que todo esto es sufrimiento suficiente.
Necesitamos cambios en las leyes de inmigración; leyes que sean justas y humanas, leyes que ayuden a las familias a permanecer unidas y también que ayuden a la clase trabajadora, como mi marido y yo, a seguir contribuyendo con nuestros talentos al beneficio de este país. Actualmente, nuestro hijo mayor Emigdin está estudiando a la universidad y pronto Erik lo hará también. A pesar de todo, pienso que hemos sido más afortunados que muchos otros. Hemos estado y seguimos estando rodeados de personas buenas que nos han acompañado en cada paso de nuestro caminar. Norma Flores