Themes - 2 de octubre de 2014

es - Vivir el "Inter" en la vida cotidiana

Todos hemos experimentado lo fascinante de poder aterrizar –incluso virtualmente- en otro país, otra cultura, explorando sus matices propios a través de sus sitios, sus festividades y su música; sus vestidos y sus platillos típicos… nos sentimos asombrados y gozosos de descubrir, de apreciar la creatividad y la profundidad del espíritu humano.

Hoy más que nunca, el fenómeno de la mundialización nos ofrece la oportunidad de experimentar este gusto, este asombro ante la riqueza variada de este uni-verso largo y ancho tal y como lo percibimos hoy. Nuestro planeta se ha vuelto esa pequeña aldea que tantos escritores han evocado, donde todo parece estar inter-conectado. Las fronteras se han relativizado y se vuelve cada vez más normal encontrar en comercios, centros de cultura u otros lugares públicos, objetos que provienen de lugares que hace unos años no hubiéramos ni siquiera imaginado que pudieran existir. Incluso el hecho de ver reunidas en un mismo sitio a personas cuyo origen, idioma y costumbres son totalmente diferentes, es ya una realidad cotidiana no solo en lugares turísticos sino en escuelas y universidades, empresas, etc.

En la vida cotidiana, este “inter”: inter-cultural, inter-generacional, inter-lingüístico, inter-nacional, etc., suele ser un poco más difícil y complicado. Las diferentes sensibilidades, las maneras de ver o de expresar gustos y pasatiempos; de reaccionar ante lo sorpresivo o de externar su ser íntimo a veces parecen oponerse, tornando estas diferencias en detonantes potenciales de un conflicto latente.

Recuerdo una experiencia fuerte que viví en un país de África. Se trataba de un funeral al que teníamos que asistir con un grupo de alumnas y profesores del colegio. Bajo un toldo que la familia había instalado en plena calle para acoger a la gente, se encontraba ya un buen número de adultos y niños sentados en tapetes, en el suelo. A los recién llegados se nos invitaba a desfilar delante del féretro (abierto) y sistemáticamente empezar a llorar. Se imaginan el efecto que me hizo ver a nuestras 50 alumnas y a los profesores, súbitamente, comenzar a llorar a grandes gritos. Esta manera de expresar sus sentimientos me pareció completamente fuera de lugar. Me sentía contrariada, enojada, e incluso, en mi rol de responsable de la escuela, temerosa de una histeria colectiva incontrolable… La gente que estaba cerca y que observó mis reacciones toleró con paciencia mi indignación… “es extranjera”… escuché más tarde, con una gran benevolencia. Poco tiempo después, y a fuerza de vivir con este pueblo, entendí que muchos de mis sentimientos provenían del “filtro” de mi propia cultura. Así me sucedió con muchas situaciones que se me presentaron en la vida cotidiana como directora de esta secundaria.

Poco a poco aprendí a entender sus palabras y sus reacciones, a apreciar su sensibilidad a la vida y su capacidad de comulgar con el otro en penas y alegrías; su sencillez y franqueza; su sentido del tiempo y de la relación… entre tantos otros valores que fueron transformando mis propias percepciones y mis maneras de ver. He ido aprendiendo así a permanecer en dialogo con los diferentes entornos en donde me ha tocado vivir, tratando ser yo misma al mismo tiempo que receptiva y empática ante la cultura en la que me encuentro inmersa, que no es mejor o peor que la mía pero que me ayuda a ampliar mi mirada, demarcarme de ciertos puntos de vista o maneras de reaccionar y así “recrearme”: crearme una nueva manera de ser y de pensar.

La relación inter-personal, incluso entre personas de la misma cultura o núcleo familiar, es siempre un desafío a nuestra capacidad de vivir el inter. La obra “Las Crónicas de Narnia”, que narra la historia de 4 chicos cuyos padres envían a un lugar en el campo, “a salvo” de la guerra, nos ilustra bien que un conflicto -quizá latente-, existe en el terreno interno de la relación fraterna entre ellos y más aún, en la percepción que cada uno tiene de sí mismo y del otro, representado por C. S. Lewis a través del símbolo del ropero mágico, que les introduce en esta dimensión.

Para sacar partido de este cruce conflictual que implica el inter, es esencial desarrollar dos dinamismos internos, propios al ser humano: la identidad y la alteridad.
La identidad o percepción íntima de sí, es el hecho de reconocer lo que se es, por sí mismo o por parte de los demás. Somos personas únicas y absolutamente diferentes de otras, lo que nos hace “irresistiblemente simpáticos a los demás” en palabras de María Eugenia . Esta unicidad y esta diferencia se enraízan en nuestro origen, nuestra historia personal, familiar, etc., y se expresa en características de personalidad: físicas, psicológicas, espirituales…
En calidad de miembros de una familia o de un grupo social, poseemos también una identidad inter-personal que genera el sentido de pertenencia, constituido por una serie de elementos y símbolos reconocidos como comunes a una misma familia, región, país, religión, etc.
La psicología humanista ha enfatizado que la identidad es una tarea importante que permite a la persona alcanzar armonía y unidad interna, cuyo desarrollo inicia de manera privilegiada durante la adolescencia.

María Eugenia afirma que “es una locura no ser lo que se es con la mayor plenitud posible” : el desarrollo de cada persona, apoyado por los procesos educativos, le ayudan a alcanzar esta plenitud. Descubrir y realizar “su propia misión, su lugar en el plan de Dios” , contribuye especialmente a la realización plena de la personalidad.

La alteridad es la virtud de reconocer al otro en su diferencia: visión del mundo, intereses y valores. Este dinamismo proyecta al individuo más allá de su ego subjetivo, introduciéndole en la experiencia de un tú que le confronta, le sorprende, le enriquece… y le conduce a un nosotros amplio y trascendente.
La alteridad se desarrolla progresivamente cuando la persona aprende a diferenciarse de su madre y a decir “tu” o “tuyo” y “nosotros” en vez de “yo” o “mío” solamente. A través de juegos y actividades en grupo, el ser humano desarrolla las cualidades necesarias para la relación con los otros, como por ejemplo el respeto, la capacidad de entender al otro y llegar a un acuerdo, la cooperación en vistas a un fin común, etc.
Emerge también la capacidad de amistad y de amor como capacidad de darse y recibirse como don. Esta experiencia puede abrir a un amor incondicional: la fraternidad y el altruismo, cualidades que permiten valorar al otro diferente, traduciendo este aprecio en aceptación, servicio incondicional y gratuidad. Para María Eugenia la oración, relación con ese “Tú” que es Dios, es un lugar privilegiado que conduce a este descubrimiento: “Oh Dios, amo a todos mis hermanos desconocidos con un amor que Tu aumentas cada día en mi corazón… el mundo no es lo suficientemente grande para mi amor, quisiera derramar los torrentes en todos los corazones cansados…”

Aunque aparentemente opuestos, identidad y alteridad son complementarios. Es difícil que se desarrolle verdaderamente uno sin el otro. Ambos dan al individuo raíces y alas. La apertura auténtica a la riqueza del otro dependerá de la libertad para ser sí mismo, sin asimilarse o situarse frente al otro con sentimientos de inferioridad o de vergüenza, como ignorando su propio ser y valer. De igual manera, una identidad personal o de grupo sin referencia externa no sólo es artificial sino peligrosa, porque corre el riesgo de encerrarse en una especie de suficiencia y superioridad, como si no se pudiera necesitar o recibir nada del otro. El punto erróneo de ambas posiciones seguido una serie de ideas preconcebidas o prejuicios respecto del otro. Entonces se genera miedo, desconfianza…que desemboca fácilmente en actitudes negativas o antisociales, como el rechazo, la discriminación la segregación...

Este binomio identidad-alteridad, la filosofía náhuatl lo expresa en de manera poética: la persona es “rostro y corazón ”. El rostro simboliza su fisonomía moral y el corazón su principio dinámico. Aquel que ha alcanzado la madurez posee un “corazón firme y sólido como el tronco de un árbol, y un rostro sabio”. Es hábil y capaz de comprender al otro. Alcanzar esta armonía necesita de ciertas actitudes esenciales a cultivar, como pueden ser la voluntad de diálogo a pesar de las dificultades en la comunicación; la benevolencia -“pensar bien” del otro-, que se traduce en un esfuerzo infatigable de comprensión; la capacidad de pedir perdón y de otorgarlo.
El inter se transforma entonces en un encuentro humanizador y plenificante, en el que el conflicto potencial o real abre a una experiencia espiritual de
ensanchamiento, de comunión. Esta experiencia requiere de un trabajo interno, como expresa Léo Sherer S. J : “Los caminos de humanización nos recuerdan que el combate espiritual se inscribe en la llamada que cada persona ha recibido de crecer en la relación y la alteridad. Este camino nos vincula el nacimiento del ser humano hasta la entrega de su espíritu en manos de Otro, aprendiendo a “soltar, dejar ir”… La relación con Dios nos conduce inevitablemente a la relación con los otros. Si Dios desea plantar su morada entre nosotros es para hacernos descubrir su huella en el rostro del otro y que El pueda manifestarse verdaderamente “entre nosotros”. Esta experiencia nos hace acogernos mutuamente como un acontecimiento y como un misterio”.

Los frutos de este proceso continuo de transformación pueden ser gratificantes y sorpresivos, porque la apertura confiada al otro que sobrepasa miedos, prejuicios, malos entendidos, permite reconocerle como un “tú” complementario. Nace entonces un compañero de camino cuya visión y sensibilidad aportan una parte única e insustituible a la propia búsqueda de plenitud que nos habita, a esta sed de comunión universal y de armonía cósmica inscrita en el interior de cada uno de nosotros.

Ana Senties, religiosa de la Asunción
Comunidad de Lyon-Gerland
France