News - 28 June 2011

en - La justicia de Obama

La justicia de Obama
Joxe Arregi – Euskadi. Mayo de 2011
Humus

Hace dos años y medio, yo fui de los que celebraron la victoria de Barack Obama como un luminoso signo de esperanza para el planeta. Tal vez sobró entusiasmo, una vieja palabra griega que significa algo así como “estado de inspiración divina”, pero era comprensible, porque veníamos de la larga pesadilla de Bush al frente de América y del mundo, y porque una pequeña chispa suele bastar a veces para que prenda en nosotros el fuego sagrado que nos habita.
Necesitábamos recuperar un poco de aliento, un poco de confianza en el ser humano tan frágil, en la justicia tan insegura, en el futuro tan incierto, y Barack Obama encendió nuestras mejores esperanzas.
Pero las mejores esperanzas dejan paso fácilmente a los mayores desencantos, y es deprimente pensar que eso nos esté pasando también con Barack Obama. Yo reconozco que la pesadumbre me embargó el lunes por la mañana, cuando escuché al presidente americano, con el tono de las ocasiones más solemnes, anunciar la muerte de Bin Laden y sentenciar luego: “Se ha hecho justicia”. Fue como el remate final de la frustración y el desengaño que, mes a mes, han ido en aumento durante los dos últimos años, a medida que el realismo se imponía sobre el sueño en todos los campos, de Palestina a Afganistán, de Guantánamo al Congo.
¿Se ha hecho justicia? ¡Mentira, señor Obama! “Se ha hecho venganza”. No sé si llorar de rabia o gritar de tristeza: ¿Cómo llama Ud. justicia a la venganza? ¿Cómo puede traicionar así la esperanza de la humanidad y del planeta, la pobre esperanza huérfana que depositamos en su inspirada palabra, en sus bellos propósitos, en su gran corazón y hasta en su hermosa piel? ¿Qué aprenderán de Ud. sus encantadoras hijas, los hijos y las hijas de todos los americanos? ¿Con qué argumentos rebatiremos la apatía ética de nuestros jóvenes alumnos que mañana deberán hacerse cargo del presente y del futuro?
Bin Laden era un asesino, nadie lo discute. Llevaba consigo una siniestra historia de bombas suicidas, de bombas asesinas, de sangre, de lágrimas, de luto. Era un terrorista, nadie lo niega. Ha manchado de infamia y de muerte el santo nombre de Allah el Compasivo, el Misericordioso; ha contaminado de odio y fanatismo a la numerosa y pacífica comunidad de musulmanas y musulmanes. Era un asesino, sí, pero el que mata a un asesino sin otra razón y sin otro objetivo que la venganza es también un asesino. Y si fue Ud., como ha reconocido, quien ordenó matarlo, señor Obama –me duele decirlo, pero no puedo callarlo–, Ud. también es un asesino. Y yo también lo soy, pues –lo quiera o no– formo parte, pago impuestos, compro y vendo en este lado del planeta que se ha erigido, contra la justicia, en amo y juez de todo el planeta.
Hay que impedir al asesino –a todo asesino, y en primer lugar al que tiene la ley y el poder en su mano– que asesine. Pero nadie creemos que Ud. haya mandado matar a Bin Laden para impedir que mate, sino para saciar el instinto más ciego y más inhumano de esta pobre especie humana llena de terrores: el instinto de venganza. Y no nos engañe, no son los muertos del 11 S los que reclaman venganza. La venganza de los vivos en nombre de los muertos no hace sino envilecer a los muertos y herir aun más su memoria. Los muertos quieren descansar en paz. Los muertos necesitan que desaparezca de la Tierra el odio que les hizo morir. Su predecesor George Bush, siempre en nombre de la justicia pero por venganza, mató a centenares de miles de personas durante 8 interminables años, primero en Afganistán, luego en Irak y luego de nuevo en Afganistán, por no hablar de los muertos de hambre que todos matamos y que no tienen ningún Punto Cero y a quien nadie pone flores en la tumba. También Bin Laden, entrenado y armado en su tiempo por los mismos que ahora le han matado –absurdo mundo, afligida especie–, también él decía matar por justicia, pero era por venganza por lo que mataba.

Tal vez hubiera sido justo matar a Bin Laden si con ello se hubieran salvado otras vidas. Yo no creo, en efecto, a quienes enseñan que ninguna causa nunca puede nunca justificar que se mate pero aceptan luego la legítima defensa como excepción o justifican incluso guerras y penas de muerte. Nuestra vida no es absoluta. La vida de cada uno está ligada a la vida de los otros, al igual que la muerte. Vivimos juntos y morimos juntos. O vivimos todos o morimos todos. Pero Ud., señor Obama, no mandó matar a Bin Laden para impedir que otros murieran ni para que vivamos todos en un mundo más humano y seguro, pues la alarma y el miedo no han hecho sino aumentar. Aumenta el odio y aumenta el peligro. Cuanta más venganza haya, más muerte habrá. Lo dijo un santo compatriota suyo y de su mismo color, mártir también él del odio y de la venganza: “Ojo por ojo y todo el mundo quedará ciego”.
No sabemos quién empezó esta espiral de muerte, pero sabemos que solo acabará cuando dejemos de matar en nombre de la justicia, cuando arranquemos el odio y hagamos desaparecer la venganza. La justicia no consiste en castigar y matar. La justicia no consiste en hacer expiar al culpable. La justicia consiste en curar a la víctima y al victimario. A la víctima primero, pero luego también al victimario. Y la venganza, por mucho que nos empeñemos, no cura ni a la víctima ni al victimario. ¿Quién es la víctima, quién es el victimario? No conozco a nadie que sea solo víctima, ni a nadie que sea solo victimario. Somos Caín y Abel. Todos somos Caín, y llevamos una interminable historia de muertes sobre los hombros. Pero también a Caín, Dios le puso una marca en la frente, para que nadie le matara. Todos somos Abel, pobres víctimas desde el inicio de los tiempos, heridos desde siempre. Pero no se curarán nuestras heridas, mientras no se curen también las heridas de Caín, pues son nuestras propias heridas. Entonces habrá paz en la Tierra. Entonces, por fin, solo entonces se hará justicia.
Señor Obama, no traicione esta esperanza que hace dos años y medio predicó al mundo. No defraude la esperanza divina que despertó en nosotros. No podemos vivir sin esperar en el corazón humano, con todas sus contradicciones. No, no podemos vivir sin confiar en la hermandad de los pueblos y en el futuro del planeta. No podemos vivir sin creer en la paz de la justicia, sin esperar que un día haremos que se cumpla el bello salmo que Ud. reza: “La justicia y la paz se besan”. Haga honor a su nombre, sea Ud. bendito y traiga bendición.

La justicia de Obama
Joxe Arregi – Euskadi. Mayo de 2011
Humus

Hace dos años y medio, yo fui de los que celebraron la victoria de Barack Obama como un luminoso signo de esperanza para el planeta. Tal vez sobró entusiasmo, una vieja palabra griega que significa algo así como “estado de inspiración divina”, pero era comprensible, porque veníamos de la larga pesadilla de Bush al frente de América y del mundo, y porque una pequeña chispa suele bastar a veces para que prenda en nosotros el fuego sagrado que nos habita.
Necesitábamos recuperar un poco de aliento, un poco de confianza en el ser humano tan frágil, en la justicia tan insegura, en el futuro tan incierto, y Barack Obama encendió nuestras mejores esperanzas.
Pero las mejores esperanzas dejan paso fácilmente a los mayores desencantos, y es deprimente pensar que eso nos esté pasando también con Barack Obama. Yo reconozco que la pesadumbre me embargó el lunes por la mañana, cuando escuché al presidente americano, con el tono de las ocasiones más solemnes, anunciar la muerte de Bin Laden y sentenciar luego: “Se ha hecho justicia”. Fue como el remate final de la frustración y el desengaño que, mes a mes, han ido en aumento durante los dos últimos años, a medida que el realismo se imponía sobre el sueño en todos los campos, de Palestina a Afganistán, de Guantánamo al Congo.
¿Se ha hecho justicia? ¡Mentira, señor Obama! “Se ha hecho venganza”. No sé si llorar de rabia o gritar de tristeza: ¿Cómo llama Ud. justicia a la venganza? ¿Cómo puede traicionar así la esperanza de la humanidad y del planeta, la pobre esperanza huérfana que depositamos en su inspirada palabra, en sus bellos propósitos, en su gran corazón y hasta en su hermosa piel? ¿Qué aprenderán de Ud. sus encantadoras hijas, los hijos y las hijas de todos los americanos? ¿Con qué argumentos rebatiremos la apatía ética de nuestros jóvenes alumnos que mañana deberán hacerse cargo del presente y del futuro?
Bin Laden era un asesino, nadie lo discute. Llevaba consigo una siniestra historia de bombas suicidas, de bombas asesinas, de sangre, de lágrimas, de luto. Era un terrorista, nadie lo niega. Ha manchado de infamia y de muerte el santo nombre de Allah el Compasivo, el Misericordioso; ha contaminado de odio y fanatismo a la numerosa y pacífica comunidad de musulmanas y musulmanes. Era un asesino, sí, pero el que mata a un asesino sin otra razón y sin otro objetivo que la venganza es también un asesino. Y si fue Ud., como ha reconocido, quien ordenó matarlo, señor Obama –me duele decirlo, pero no puedo callarlo–, Ud. también es un asesino. Y yo también lo soy, pues –lo quiera o no– formo parte, pago impuestos, compro y vendo en este lado del planeta que se ha erigido, contra la justicia, en amo y juez de todo el planeta.
Hay que impedir al asesino –a todo asesino, y en primer lugar al que tiene la ley y el poder en su mano– que asesine. Pero nadie creemos que Ud. haya mandado matar a Bin Laden para impedir que mate, sino para saciar el instinto más ciego y más inhumano de esta pobre especie humana llena de terrores: el instinto de venganza. Y no nos engañe, no son los muertos del 11 S los que reclaman venganza. La venganza de los vivos en nombre de los muertos no hace sino envilecer a los muertos y herir aun más su memoria. Los muertos quieren descansar en paz. Los muertos necesitan que desaparezca de la Tierra el odio que les hizo morir. Su predecesor George Bush, siempre en nombre de la justicia pero por venganza, mató a centenares de miles de personas durante 8 interminables años, primero en Afganistán, luego en Irak y luego de nuevo en Afganistán, por no hablar de los muertos de hambre que todos matamos y que no tienen ningún Punto Cero y a quien nadie pone flores en la tumba. También Bin Laden, entrenado y armado en su tiempo por los mismos que ahora le han matado –absurdo mundo, afligida especie–, también él decía matar por justicia, pero era por venganza por lo que mataba.

 

Tal vez hubiera sido justo matar a Bin Laden si con ello se hubieran salvado otras vidas. Yo no creo, en efecto, a quienes enseñan que ninguna causa nunca puede nunca justificar que se mate pero aceptan luego la legítima defensa como excepción o justifican incluso guerras y penas de muerte. Nuestra vida no es absoluta. La vida de cada uno está ligada a la vida de los otros, al igual que la muerte. Vivimos juntos y morimos juntos. O vivimos todos o morimos todos. Pero Ud., señor Obama, no mandó matar a Bin Laden para impedir que otros murieran ni para que vivamos todos en un mundo más humano y seguro, pues la alarma y el miedo no han hecho sino aumentar. Aumenta el odio y aumenta el peligro. Cuanta más venganza haya, más muerte habrá. Lo dijo un santo compatriota suyo y de su mismo color, mártir también él del odio y de la venganza: “Ojo por ojo y todo el mundo quedará ciego”.
No sabemos quién empezó esta espiral de muerte, pero sabemos que solo acabará cuando dejemos de matar en nombre de la justicia, cuando arranquemos el odio y hagamos desaparecer la venganza. La justicia no consiste en castigar y matar. La justicia no consiste en hacer expiar al culpable. La justicia consiste en curar a la víctima y al victimario. A la víctima primero, pero luego también al victimario. Y la venganza, por mucho que nos empeñemos, no cura ni a la víctima ni al victimario. ¿Quién es la víctima, quién es el victimario? No conozco a nadie que sea solo víctima, ni a nadie que sea solo victimario. Somos Caín y Abel. Todos somos Caín, y llevamos una interminable historia de muertes sobre los hombros. Pero también a Caín, Dios le puso una marca en la frente, para que nadie le matara. Todos somos Abel, pobres víctimas desde el inicio de los tiempos, heridos desde siempre. Pero no se curarán nuestras heridas, mientras no se curen también las heridas de Caín, pues son nuestras propias heridas. Entonces habrá paz en la Tierra. Entonces, por fin, solo entonces se hará justicia.
Señor Obama, no traicione esta esperanza que hace dos años y medio predicó al mundo. No defraude la esperanza divina que despertó en nosotros. No podemos vivir sin esperar en el corazón humano, con todas sus contradicciones. No, no podemos vivir sin confiar en la hermandad de los pueblos y en el futuro del planeta. No podemos vivir sin creer en la paz de la justicia, sin esperar que un día haremos que se cumpla el bello salmo que Ud. reza: “La justicia y la paz se besan”. Haga honor a su nombre, sea Ud. bendito y traiga bendición.